Se recorta su figura contra el rojizo atardecer. Está de
espaldas. No de espaldas a nadie, porque está solo. Está de espaldas al mundo.
Quiere dejar de oír el llanto de aquel niño, dejar de ser consciente del hambre
en el mundo, de la crisis. No tener que ver sufrir a su madre, que su jefe no
le grite, que no lleguen las facturas. No sentir el vacío de su cama, de su
corazón.
Está en el punto más alto de una colina. Habría sido más
bonita la cima de un monte, alto y pedregoso, pero en la monotonía del paisaje
que lo rodea, el punto más alto de su pequeña colina le proporciona la mejor
vista a varios kilómetros a la redonda, y es todo lo que puede pedir.
Llegó aquí buscando paz, tranquilidad y tal vez una
respuesta. Aunque no puso en esto último demasiadas esperanzas. Con los ojos
cerrados, trata de poner la mente en blanco. No pensar, no sentir, no escuchar.
Pero al cerrar los ojos, su cabeza sube el volumen. Trata de abstraerse, pero
sigue oyendo los gritos, los golpes, las imágenes sucediéndose sin parar que no
dejan lugar al vacío que busca, a su paz. Las manos se le cierran en un puño,
sus párpados se aprietan con más fuerza,
buscando, si no el blanco, al menos el negro. Sus labios se tensan tanto
que pierden el color.
Claro que está de espaldas al mundo. Tan sólo se ve su
silueta, recortada contra el horizonte. La silueta de un joven, de veintitrés o
veinticuatro años. Su espalda recta, no endeble pero tampoco demasiado ancha;
la espalda de alguien que sabe que es atractivo sin tener que ser un esclavo de
su físico, pues la naturaleza hizo un buen trabajo con él. La espalda de quien
tiene la seguridad de poder dar un buen golpe si es necesario, y de poder
evitarlo también. Una espalda firme, segura y relajada, capaz de enfrentar
cualquier cosa que se le venga encima. A los lados, esos brazos fuertes que
invitan a correr y refugiarse en ellos. Plantado en unas piernas ligeramente
separadas, que pisan con seguridad el suelo donde están. Siempre está de
espaldas al mundo. El mundo sólo ve esta parte de él, su retaguardia. Nadie ve
la cara crispada, los puños cerrados, la lágrima contenida bajo las pestañas.
Sólo deja ver su retaguardia, su armadura. Y cuando intenta quitarse la armadura
y liberarse, no puede. Lleva tanto tiempo reprimiéndose que se le ha metido
bajo la piel. Huye a una colina buscando silencio y el volumen aumenta. Cierra
los ojos para no ver la realidad y ésta se le aparece rápida y cruel. Aprieta
los puños y no encuentra nada a lo que agarrarse.
Pero la silueta cambia. Un repentino viento del noroeste le
agita el cabello, oscuro casi como el azabache, ya más largo de la cuenta. Los
puños se le abren, dejando que el viento se deslice entre sus dedos. Sus labios
se relajan, haciendo que el rojo vuelva a ellos, llenándose otra vez de vida. Y
poco a poco, sus párpados se abren, revelando unos ojos del color del chocolate
amargo. Brillantes como los de un joven de veintitrés o veinticuatro años,
profundos como los de alguien que ha vivido más de lo que le tocaba vivir. Unos
ojos inteligentes que siempre tienen una respuesta, unos ojos cansados que ya
no quieren contestar. Que anhelan una respuesta que dudan encontrar.
Entonces estos ojos se encuentran con otros. Los ojos de un
pájaro que se ha posado en el punto más alto que ha encontrado para otear el
paisaje. Igual que el joven. El pájaro, de brillante plumaje negro y marrón,
casi tan grande como un águila real, mira al joven con unos ojos amarillos y
negros, hondos como el mar. Parece que trata de hablarle con la mirada, pero el
joven no comprende, no descifra el mensaje. Y de repente, el pájaro extiende
las magníficas alas y echa a volar, sin un rumbo fijo, hacia donde el viento
del noroeste le lleva. Sin mirar atrás, ni una sola vez. El joven se queda ahí
plantado, observando al pájaro, sintiendo el viento. Siente la paz, la
tranquilidad. Y ahí, con el travieso viento del noroeste, encontró la respuesta
que tanto anhelaba. Volar, volar como un pájaro, hacia donde el viento te
lleve.
“Eta nik, txoria nuen maite.”
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