Amaba esos desconcertantes cambios en la luz de tus ojos. Todos tan diferentes, y me gustaban tanto. Todos me contaban algo diferente que yo deseaba escuchar.
Tus ojos azules no eran como el cielo. Eran más bien como el mar agitado antes de una tormenta. Eléctricos, mágicos, inquietos, profundos. Esos ojos que me hablaban desde la experiencia. Me contaban todo lo que yo quería saber sobre el mundo, me daban alas. Esos ojos veían más allá de lo convencional. Eran los ojos más inteligentes en los que yo había tenido oportunidad de perderme.
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Tus ojos castaños eran fantásticamente irreales. Eran los ojos de un mago. Y, aunque imprevisibles, no me daba miedo navegar por ellos. Esos ojos me trasladaban a otros mundos. Eran los únicos capaces de hacerme olvidar. Tus ojos castaños son poesía. Porque tus ojos castaños, son los ojos de un artista.
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Tus ojos negros eran tan intensos que a veces dolían. Yo no podía mirarlos sin temblar. Eran como el chocolate amargo. A veces contaban las historias más dulces, pero otras veces eran impenetrables, y al intentar entrar en ellos, me daba de bruces contra un muro. Sin embargo, tus ojos negros me calmaban. Nunca supe si podía vivir sin ellos, o si era con ellos con lo que no podía vivir.
¿Cómo podías tener esos cambios en la luz de tus ojos?
¿Cómo una misma persona podía ser a la vez tan diferente?
Entonces lo entendí.
No eras una sola persona.
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