Y entonces comencé a caer. Caí y caí, mientras tú mirabas
impasible. Ni siquiera al pasar por tu lado tu gesto se alteró. Seguí cayendo,
con la certeza de que no se advertiría en tu rostro el más leve pestañeo cuando
mi cuerpo se estrellase contra el suelo.
Y cuando estaba a punto de chocar, cerré los ojos con fuerza,
con toda la fuerza que fui capaz de reunir.
Pero la colisión nunca se produjo.
Unos brazos me sostuvieron a escasos centímetros del suelo.
Tus brazos. Me atraparon con la suavidad con la que sólo me tocan tus manos. Y
me miraste con esa serenidad que nunca te abandona, casi reprochándome que
hubiese temido de tu ausencia. Y me abrazaste, mucho rato, y cuando volví a
abrir los ojos ya no estábamos en el suelo. Tampoco en el lugar desde donde
había caído. Estábamos más arriba, mucho más. Tan arriba que si nos cayésemos,
el golpe sería mortal. Y tú no estarías abajo, esperándome para sostenerme y
volverme a hacer subir, porque estarías cayendo a mi lado.
Pero no me importa, no tengo miedo, porque ahora estoy aquí
arriba. Contigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario