sábado, 10 de diciembre de 2011

Derritiendo el cristal.

Acurrucada en mi abrigo en el asiento trasero del coche que lleva a ningún lugar.
El vaho en la ventanilla no me deja ver, no me deja respirar. Y poso mi mano en el gélido cristal. Y muero, muero de frío y de tristeza a la vez. Ese vaho es lo más bello, y lo más suave, y lo más frío.

Y mi mano se desliza, lo atrapa. Pero el vaho se hace agua y se pierde bajo mi piel. Abro la mano y ya no está.

Mis ojos se llenan de lágrimas por haberlo perdido, y lloran hasta que no pueden más. Pero hubo un momento en que se las lágrimas ya no eran tan gruesas. Ya podía ver más allá del vaho.

Y con el corazón mojado, sangrante, herido y cansado, bajé la ventanilla.

Y todo terminó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario