Acurrucada en mi abrigo en el asiento trasero del coche que lleva a ningún lugar.
El vaho en la ventanilla no me deja ver, no me deja respirar. Y poso mi mano en el gélido cristal. Y muero, muero de frío y de tristeza a la vez. Ese vaho es lo más bello, y lo más suave, y lo más frío.
Y mi mano se desliza, lo atrapa. Pero el vaho se hace agua y se pierde bajo mi piel. Abro la mano y ya no está.
Mis ojos se llenan de lágrimas por haberlo perdido, y lloran hasta que no pueden más. Pero hubo un momento en que se las lágrimas ya no eran tan gruesas. Ya podía ver más allá del vaho.
Y con el corazón mojado, sangrante, herido y cansado, bajé la ventanilla.
Y todo terminó.
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